no sentirme inferior a nadie: ni a terapeutas ni maestros o gurúes ni sabios o doctores ni ninguna figura de autoridad ni amigos o pareja.
Llegado a mi estado adulto me relaciono con los demás en un plano de igualdad: sin intentar imponerles mi autoridad ni dejar que me la impongan.
Me permito constatar que todas las personas -incluso las que parecen más coherentes- tienen sus contradicciones y su forma "imperfecta" de acomodarse al mundo.
No acepto que quieran convencerme de su supuesta perfección. No tolero que me traten como si estuvieran sobre una tarima y yo abajo. Tus razones son tus razones y las mías son las mías.
Joaquín Argente
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